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jueves, 25 de julio de 2013

Sputnik, mi amor. Fragmento.

¿Por qué tenemos que quedarnos todos tan solos? Pensé. ¿Qué necesidad hay? Hay tantísimas personas en este mundo que esperan, todas y cada una de ellas, algo de los demás, y que, no obstante, se aíslan tanto las unas de las otras. ¿Para qué? ¿Se nutre acaso el planeta de la soledad de los seres humanos para seguir rotando? Me tumbé de espaldas sobre una piedra plana, alcé la vista hacia el cielo y pensé en la multitud de satélites artificiales que debían de estar girando alrededor de la tierra. El horizonte aún estaba ribeteado de una pálida luz, pero en aquel cielo teñido de un profundo color vino empezaban a brillar ya las estrellas. Busqué en él la luz de los satélites. Pero aún había demasiada claridad para que pudieran apreciarse a simple vista. Las estrellas visibles permanecían inmóviles, cada una en su lugar, como clavadas en el cielo. Cerré los ojos, agucé el oído y pensé en los descendientes del Sputnik que cruzaban el firmamento teniendo como único vínculo la gravedad de la tierra. Unos solitarios pedazos de metal en la negrura del espacio infinito que de repente se encontraban, se cruzaban y se separaban para siempre. Sin una palabra, sin una promesa.

Haruki Murakami.
Sputni, mi amor.
Maxi Tusquets, 2008.
5º edición, enero de 2009.
Capítulo 14, páginas 210 y 211.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Suite Francesa. Fragmento.

Vale, bien, la guerra... Vale, bien, los prisioneros, las viudas, la penuria, el hambre, la ocupación... ¿Y después? No hago nada malo. Es el amigo más respuetuoso del mundo: libros, música, nuestros largos paseos por el bosque de la Maie... Lo que hace que parezcamos culpables es la idea de la guerra, esta plaga universal. Pero él es tan poco responsable como yo. No es culpa nuestra. Que nos dejen tranquilos... ¡Que nos dejen! [...] Que ellos vallan donde quieran, yo haré lo que me apetezca. Quiero ser libre. Me importa menos la libertad exterior, la libertad de viajar, de irme de esta casa (¡aunque sería una felicidad indescriptible!), que ser libre interiormente, elegir mi propio camino, mantenerme en él, no seguir al enjambre. Odio ese espíritu comunitario con el que nos machacan los oídos. Los alemanes, los franceses, los gaullistas, todos coinciden en una cosa: hay que vivir, pensar, amar como los otros, en función de un Estado, de un país, de un partido. ¡Oh, Dios mío! ¡Yo me niego! Soy una pobre mujer, no sirvo para nada, no sé nada, pero ¡quiero ser libre! Esclavos, nos han convertido en esclavos. La guerra nos manda a este sitio o al otro, nos priva del bienestar, nos quita el pan de la boca... Que me dejen por lo menos el derecho de enfrentarme a mi destino, de burlarme de él, de desafiarlo, de eludirlo, si puedo. ¿Una esclava? Mejor eso que ser un perro que camina detrás de su amo y se cree libe. Ellos ni siquiera son conscientes de su esclavitud, y yo me parecería a ellos si permitiera que la piedad, la solidaridad, el "espírito de la colmena", me obligaran a renunciar a la felicidad. [...] ¡A nadie! ¡No le importa a nadie! ¡Que luchen ellos! ¡Que se odien ellos! ¡Me da igual que en su día su padre y el mío combatieran el uno contra el otro! ¡Que fuera él personalmente quien hizo prisionero a mi marido (una idea que obsesiona a mi pobre suegra)! ¿Qué tiene eso que ver? Él y yo somos amigos.


Némirovsky, Iréne.
Suite Francesa.
Ediciones Salamandra, 2005.
6º edición, agosto de 2006.
Capítulo 17, páginas 367 y 368.